“Arte y bocabulario de la lengua achagua”
"Arte y bocabulario de la lengua achagua"
 
“Arte y bocabulario de la lengua achagua”.

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En este pasaje de su “Historia de las misiones”, el jesuita Juan de Rivero resume lo que significó para los operarios de la Compañía de Jesús la experiencia misional en los llanos:

 

"Apenas llegaron a estos sitios, y ocuparon sus puestos, cuando cada uno comenzó a hacer alarde de su fervoroso celo, y luego, sin detención alguna, trataron de ir recorriendo las montañas, buscando las madrigueras, y recorriendo los rincones más retirados de aquellos países, para ir agregando cuantos pudieran, y formar las poblaciones con fundamento: bien se dejan entender las calamidades y miserias que pasarían los Padres en estos principios, en tierras incultas, aguas, montañas, entre tanta penetración de ríos, lagunas y ciénagas, sembrados los caminos de espinas, y abrojos, encontrándose a cada paso leones fieros, tigres formidables; tropezándose con víboras y culebras en numerosa multitud de especies diferentes, todas venenosas y mortíferas, que aunque son mucho más apacibles estos territorios que los del Marañon y los Mainas, pero con todo, son comunes las inclemencias en estas soledades.

 

No por estas correrías dejaron de atender a lo principal de este ministerio que es el estudio de las lenguas, para desbaratar con ella, como lo hace la osa con sus cachorros, la tosquedad informe de los bárbaros, conculcar su errores, deshacer sus tinieblas y supersticiones, y los ritos gentílicos, abominaciones bárbaras, y todo lo demás que se requiere para arrancarlos de sus vicios y formar perfectos cristianos…" (Rivero, “Historia de las misiones de los llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta”, 1956)

 

Estos hombres, venidos de Europa u originarios del Nuevo Mundo, acostumbrados a la vida de los claustros y las aulas, se debían enfrentar a las inclemencias de un entorno que aún no se había sometido a la mano transformadora de los colonizadores. Allí habrían de tratar con una naturaleza agreste y poblaciones “bárbaras” de indígenas predominantemente nómadas y de una cultura material relativamente simple. Sin embargo, los jesuitas, para lograr sus cometidos, contaban con una herramienta que ya se había demostrado como idónea en las demás experiencias misionales que la Compañía había desarrollado en los más dispares lugares: el dominio de las lenguas. Como lo afirma Rivero, este era “lo principal” del ministerio misional.

 

A manera de evidencia del esfuerzo lingüístico llevado a cabo por los misioneros jesuitas en las tierras de los llanos que ahora comparten Colombia y Venezuela, se conserva en la Biblioteca Nacional de Colombia el “Arte y bocabulario de la lengua achagua. Doctrina christiana, confessionario de uno y otro sexo e instrucción de cathecumenos”. Como le explica su largo título, el pequeño volumen manuscrito contiene redactados en una hermosa caligrafía varias obras: una gramática de la lengua achagua, un extenso vocabulario en que se presenta la palabra castellana equivalente de cada uno de los términos achaguas, instrucciones para confesores (con la traducción del interrogatorio al que se debía someter a los nuevos feligreses) y un catecismo. Este texto manifiesta la razón de la importancia que los misioneros le otorgaban al correcto uso de la lengua de los naturales; era sólo mediante esta que podrían llegar a cristianizarlos, lo que implicaba para los indígenas mucho más que la adopción de una nueva religión.

 

El desarrollo de las misiones implicaba la “reducción” de las poblaciones aborígenes a pueblos, en donde los padres podían proceder a enseñarles preceptos del catolicismo, oficios y todos los pormenores que implica el día a día de la vida civilizada. Los misioneros, como se expresaba en su época, sometían a policía a sus catecúmenos, proceso que implicaba la dominación de su conciencia. Esta situación explica que los textos traducidos al achagua hayan sido un catecismo y manuales para los confesores. Con este volumen como apoyo, un misionero conocedor de la lengua podía desempeñar exitosamente sus labores catequéticas entre los indígenas.

 

La formación humanística, basada en los saberes supervivientes de la tradición clásica grecolatina, propia de los operarios de la Compañía, condicionaba su relación con el mundo. Aunque la gramática se redactó en achagua y castellano, para explicarla se utilizó el modelo de la estructura del latín, lengua que para mediados del siglo XVIII aún no había perdido su posición eminente como medio de transmisión del saber.

 

En el prólogo del texto se manifiesta el juego de lentes por medio del cual los misioneros observaban la realidad y, por lo tanto, al otro indígena y sus manifestaciones culturales:

 

"Aunque es verdad que esta lengua no imita en todo a la Latina; pero si se advierte atentamente la imita en mucho, como se puede ver en la colocación y modo de hablar, y en la derivación de varias partes de la oración de una misma Raíz. Por esta causa y para mayor facilidad en quien tiene noticia de la lengua Latina, iremos imitando sino en todo, a lo menos en parte, el arte de Antonio Nebrija con la brevedad que pide este pequeño resumen de lo principal del idioma."

 

Respecto a la autoría de la obra, en la portada, después del título, se aclara que el conjunto de textos fue “sacado de lo que trabajaron los Padres Alonso de Neyra, y Juan Ribero de la Compañía de Jesús” y que fue “trasumptado” en el pueblo de San Francisco de Regis Año de 1762. No es imposible determinar si el Arte es una simple transcripción de trabajos anteriores de los jesuitas mencionados1 o una síntesis de sus obras llevada a cabo por otro integrante de la Compañía en el año referenciado2. Lo que sí se puede establecer es que a lo largo de los años el texto fue copiado más de una ocasión; al final del bocabulario se pueden encontrar dos testimonios que justifican la anterior afirmación: “Sacóse una copia de este Arte y Diccionario por abril de 1788” y “Sacose una copia de este libro, `Arte, diccionario y catecismo´ en el mes de abril del año del señor de 1866”.

 

Esta segunda fecha mencionada, nos permite entrever la larga utilización que se le dio a este trabajo. El “Arte y bocabulario” constituido en 1762 a partir de material y textos producidos y recopilados por Neira en la segunda mitad del siglo XVII, y por Rivero en las primeras décadas del XVIII, aún resultaba de interés a mediados del siglo XIX.

 

Sobre el objeto de la copia de 1788 se dispone más información. En 1787, Antonio Caballero y Góngora, arzobispo-virrey de Santafé, ordenó a José Celestino Mutis que procediera a recopilar los “libros y papeletas de idiomas indios” para poder satisfacer el requerimiento por parte de Carlos III de dicho tipo de obras. Esta solicitud era la respuesta del monarca español a la petición que le había hecho Catalina II de Rusia, quien promocionaba el esfuerzo de académicos rusos interesados en la gramática comparativa; estos esperaban llevar a cabo una recopilación de material sobre todas las lenguas del mundo. Si bien aparentemente el material nunca llegó a San Petersburgo, se conservó en los acervos de la Real Biblioteca, lo que explica su publicación parcial en 1928. La copia 1788 no incluyó las instrucciones para los confesores y los catecismos; esto es sintomático de cómo el interés de los sabios rusos y los recopiladores neogranadinos difería del propio de los jesuitas misioneros: este fue más “científico” que evangelizador.

 

La labor lingüística exhaustiva de los misioneros jesuitas no puede separarse de su avidez por extender un modelo de vida sacralizado, no se puede abstraer su labor científica de su vocación religiosa. El escritor-transcriptor al final del bocabulario de términos traducidos al castellano informa cuál fue el fin último de su labor: “Todo a la mayor honra y Gloria de Dios, para quien se ha trasladado esta lengua. Se acabó este pequeño trabajo el día 14 de septiembre de 1762”.

SANTIAGO ROBLEDO, Historiador de la Universidad Javeriana 

   
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NEIRA, Alonso de. “Arte y bocabulario de la lengua achagua [manuscrito]: doctrina christiana, confessonario de uno y otro sexo e instrucsion de cathecumenos sacado de lo que trabajaron los padres Alonso de Neyra y Juan Ribero de la Compañía de Jesus. Trasumptado en el pueblo de Sn. Juan Franco. 1762”. (Ubicado en la Sala de Seguridad, Nº clasificación RM 296)

 

Notas

 

(1) Tanto el padre Alonso de Neira (1635-1706) como Juan de Rivero (1681-1736), autor de la mencionada relación histórica sobre las misiones casanareñas, fueron destacados misioneros que produjeron diversas obras lingüísticas, literarias e históricas. Del Rey Fajardo, J. (2009), La “Universidad Javeriana, intérprete de la “otredad” indígena (siglos XVII-XVIII)”, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, pp. 70-82.

 

(2) Según Del Rey Fajardo, habría sido el autor de la copia o síntesis Cayetano Pfab o José Esquivel, quienes se sucedieron en la dirección de la misión de Juan Francisco Regis a finales de la década de 1750 y principios de la siguiente. Ídem, p. 74.