“Premios de la obediencia, castigos de la inobediencia”

 

 
“Premios de la obediencia, castigos de la inobediencia”

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Premios de la obediencia, castigos de la inobediencia: platica doctrinal exhortatoria dicha en la Plaza mayor de esta Ciudad de Santa Fé, concluído el Suplicio, que por Sentencia de la Real Audiencia de este Nuevo Reyno de Granada, se executó en varios Delinqüentes, el dia I. de Febrero, de este Año de 1782.

 

La rebelión de los comuneros se ha establecido como uno de los hitos historiográficos nacionales, bien porque se considere como un precedente de la gesta emancipatoria o como una revolución social frustrada. Sin embargo, se ha de tener presente que una cosa es la construcción moderna del hecho histórico y otra la experiencia vivida por sus protagonistas; esta situación, que en primera instancia podría parecer bastante obvia en realidad, no lo es tanto. Analizar el actuar de los comuneros partiendo de la premisa de su posición de precursores de la Independencia puede distorsionar la perspectiva de estudio, ya que conduce a la imposición de una serie de valores “republicanos” sobre un utillaje mental de evidente alteridad.

 

En su estudio ya consagrado The People an the King: The Comunero Revolution in Colombia, John Leddy Phelan propuso hace varias décadas un enfoque diferente para la comprensión de este proceso. Este autor afirmó que los reclamos del común se produjeron a partir de una noción tradicionalista y providencialista de la legitimidad política. No quiere decir que se deba relegar a un segundo plano la importancia de la rebelión o considerar que no fue una verdadera ruptura en el fluir de la vida en el virreinato santafereño a finales del siglo XVIII, sino que es necesario ubicar los acontecimientos en el horizonte mental de sus ejecutores. 

 

La soberanía del monarca español no fue discutida por buena parte de los participantes del movimiento (1) siendo las nuevas disposiciones fiscales que consideraban injustas, objeto principal de la oposición de las poblaciones sublevadas. Lo que se buscaba con el levantamiento era restaurar una situación previa a las reformas de los administradores delegados por los borbones, concretamente por Carlos III, que rompían con lo que Phelan denomina la “constitución no escrita” que regulaba la relación entre el monarca y sus vasallos neogranadinos. Desde la perspectiva de los sublevados, estas reformas, puestas en marcha por funcionarios a quienes se consideraba injustos y prácticamente criminales, podían ser desacatadas sin transgredir la sujeción al monarca. Afirma Jean Delumeau en su libro El miedo en occidente que para los pobladores descontentos “sublevarse era ayudar al rey a desembarazarse de aquellas sanguijuelas de la nación” (2), afirmación que si bien podría aplicarse al sentir de muchos integrantes del común neogranadino, se propuso como explicación de la actitud, los sublevados europeos de los siglos XVI y XVII. El “conservatismo” del movimiento comunero conduce a que el código para comprender el actuar y la mentalidad de sus integrantes no sea necesariamente el propio de otras revoluciones de finales del siglo XVIII, sino el de sus predecesoras tradicionales. 

 

Dicha mentalidad tradicional también es patente en las autoridades que hubieron de lidiar con la rebelión. El arzobispo Caballero y Góngora, posteriormente virrey, recurrió a misiones itinerantes de predicadores franciscanos y capuchinos, uno de los cuales sería Joaquín de Finestrad, autor de El vasallo instruido, como medio para hacer volver al redil a las poblaciones sublevadas. Se recurrió a los “directores de conciencia” para restaurar el orden propio de una sociedad sacralizada. Un franciscano sería el encargado de declamar la plática doctrinal exhortatoria tras la ejecución en la plaza mayor de Santafé de los líderes comuneros recalcitrantes, homilía que sería impresa ese mismo año de 1782 y que lleva el nombre Premios de la obediencia: castigos de la inobediencia.

 

El autor de este sermón fue el franciscano Raymundo Azero, nacido el 6 de enero de 1739. Azero cursó sus estudios en el colegio de San Buenaventura en Santafé, adscrito a la orden franciscana, orden en la que desempeñó todas las actividades de su vida adulta y de la que llegaría a ser un dignatario local. Fray Raymundo fue lector de la cátedra de Teología en el colegio donde desarrolló sus estudios, en el cual fue electo rector interino en 1773 y rector entre 1792 y 1794; así mismo se desempeñó como custodio de la provincia, misionero en la jurisdicción de Tunja, guardián del Convento Máximo, regente de estudios y visitador de la provincia franciscana. Murió en 1794 (3). Es importante recalcar que la experiencia misional de Azero se desarrolló en la coyuntura de las campañas de pacificación ordenadas por Caballero y Góngora, lo que le habría proporcionado al predicador franciscano conocimiento de primera mano sobre las poblaciones recientemente sublevadas. 

Respecto a la declamación del sermón que se transformaría en los Premios de la obediencia, tenemos un testimonio contemporáneo: “luego que concluyó la ejecución, se volvió al pueblo y su numerosa expectación el lector jubilado Fr. Raimundo Acero, haciendo una exhortación patética y muy fructuosa a la paz pública, y a la obediencia y subordinación a V.M; sin que para esto hubiera tenido previo encargo, ni la menor insinuación”(4). En este testimonio es evidente el objeto de la prédica; es decir, de la restauración de la paz pública y del vínculo de subordinación de la población con las autoridades. Si bien la espontaneidad de la declamación oral del sermón puede ser cuestionada, no lo es en cambio el interés de las autoridades por la publicación del sermón impreso. Este puede considerarse como un aporte de la comunidad franciscana santafereña a la restauración del orden, situación que se hace patente en los paratextos, textos que preceden a la obra. En estos, Ygnacio Parrales y Antonio López, ambos franciscanos, por orden de Francisco López, su ministro provincial, emiten aprobaciones y la licencia de impresión de la obra. A su criterio aprobatorio se suma el del clérigo Francisco Xavier Moya, quien comparte su admiración por el sermón. 

 

El interés por la rápida divulgación del texto de Azero, propio tanto de los franciscanos como del gobierno civil, se evidencia en el corto lapso temporal transcurrido entre la declamación del sermón, su revisión por las autoridades competentes y su impresión. La primera de las aprobaciones data del 15 de febrero de 1782 y la “licencia del superior gobierno” para impresión se otorgó el 23 de marzo del mismo año, habiendo trascurrido poco más de un mes entre los dos tramites y ni siquiera dos meses desde la ejecución de los líderes comuneros. En la portada de la obra se declara que se imprimió en 1782 más no el mes, sin embargo, no considero una especulación sin fundamento afirmar que lo habría sido poco tiempo después de emitidas las autorizaciones necesarias. Lo expedito de todo el proceso es sintomático de la voluntad gubernamental por difundir la plática, ya que si se considera que en la misma España en ocasiones el proceso de impresión de una obra podía llegar abarcar años enteros, es evidente la excepcionalidad de la situación. 

 

Otro tipo de argumento para afirmar la avidez con que las autoridades esperaban disponer de ejemplares de la plática es la constatación hecha de serios errores tipográficos en uno de los ejemplares de la obra que se conservan en la Biblioteca Nacional. Este ejemplar, Pieza 3 del volumen clasificado como RG 15263, muestra como en al menos una de las tiradas de la obra, el impresor Antonio Espinosa de los Monteros habría truncado las páginas numeradas como 12 y 13 (que en el ejemplar clasificado como la pieza 23 del tomo 32 del Fondo Vergara contienen el final de la licencia dada por fray Francisco López y la primera página de la censura de Francisco Xavier Moya) por una repetición incompleta, en un tamaño de letra superior, de la aprobación de Antonio López. En las ediciones preindustriales eran comunes los errores, ya fueran ortográficos, de numeración de páginas (de los que también se encuentran muestras en los dos ejemplares consultados del sermón de Azero), etc.; sin embargo, un error de tamaña magnitud en una obra de una extensión media no puede ser explicado más que por la presión ejercida sobre el impresor respecto a los tiempos de entrega de su trabajo.

 

El sermón tiene una estructura bastante simple, lo componen una introducción y dos partes, que se desarrollan linealmente sin el tipo de elucubraciones conceptistas tan comunes en la predicación de esa época y que fueron ridiculizadas por José Francisco de Isla en su Fray Gerundio de Campazas. Sin embargo, Azero mantiene el uso del latín en el momento de citar los pasajes bíblicos y patrísticos. El franciscano utiliza como “tema”, lugar bíblico que sirve como eje para la argumentación, un pasaje de la primera epístola de Pedro: “Sed pues sujetos á toda ordenación humana por respeto á Dios: ya sea al rey, como á superior, Ya á los gobernadores, como de él enviados para venganza de los malhechores, y para loor de los que hacen bien”(5). Partiendo de este texto, justifica su doctrina respecto a la obligación sin excepciones de lealtad y obediencia de los vasallos a su monarca y los funcionarios que le representan. Además, Azero propone a la figura del monarca como eje del orden político, siendo una de sus funciones principales premiar a sus súbditos fieles y castigar a los que traicionen al orden establecido. En palabras de Azero, su sermón se dispuso de la siguiente manera:

 

"Los Vasallos obedientes serán liberalmente premiados; por que Dios ha destinado a sus Ministros para premiar a los buenos, ad laudem bonum: Primera parte de mi argumento. Los Vasallos inobedientes serán seriamente castigados, por que Dios ha destinado a sus Ministros para castigar a los malos, ad vindictam malefactorum: Segunda parte de mi argumento. Premios, con que animar a los humildes, y obedientes; y castigos, con que atemorizar a los inobedientes, y rebeldes, será quanto oiréis de mi boca en este rato, franqueándome gustosos la atención"(6) 

Para lograr su objetivo doctrinal, Azero recurre al arsenal de autoridades que había servido como fuente de verdad en el occidente premoderno: los textos bíblicos, los escritos de los padres de la Iglesia y los autores de la antigüedad grecolatina, dando primacía casi absoluta a las fuentes cristianas. Esta situación hace evidente como el utillaje mental de Azero era de tipo “tradicional”. En ningún momento recurre a autores de filosofía política que le fueran coetáneos como interlocutores de su argumentación o a ejemplos traídos del mundo que le era contemporáneo(7). Para ejemplificar el actuar ideal de un rey se recurre a la figura de David, el arquetipo del mal vasallo, que no es otro que Lucifer. Nunca establece un paralelo entre el “crimen” cometido por los vasallos neogranadinos con la sublevación de las colonias inglesas en Norteamérica o con las otras rebeliones que a principios de la década de 1780 habían sacudido la América española. Lo que Azero se propone ayudar a restablecer con su prédica es un orden que considera sancionado por Dios desde el inicio de los tiempos, ya que el mismo gobierno de Dios sobre la creación es de tipo monárquico, que no necesita justificarse en relación al saber y a la situación política global que le eran contemporáneos. Las autoridades siempre vigentes de la doctrina bíblica y de los padres de la Iglesia eran más que suficientes para probar, más que justificar, la virtud de su doctrina. Obedecer al monarca y a sus representantes era una manera de probar la sujeción a un señor aún más importante, Dios.

 

Sin embargo, como para eliminar cualquier asomo de duda además de las auctoritas ya mencionadas, en las aprobaciones de los Premios de la obediencia se hace referencia a los conceptos provenientes de los derechos “Real, canónico y civil”(8) que confirman lo propuesto por Azero en su sermón. También afirma el predicador franciscano que si se leen las “Historias de España”, los textos históricos también contaban como autoridades, no se hallarían “sino grandes premios, y también grandes castigos; aquellos para exaltar a los Vasallos leales, y obedientes, estos para reprimir a los desobedientes y desleales”(9).

 

Premios a la obediencia, castigos de la inobediencia es un texto que sirve de mirilla para observar la mentalidad de un integrante de la élite de la sociedad santafereña, y por extensión neogranadina, de finales del siglo XVIII. Élite que si bien para esa época ya comenzaba a experimentar en algunos de sus miembros la influencia de ese multiforme fenómeno que se ha denominado como la Ilustración, en buena parte continuaba inmersa en una mentalidad de orden “tradicional”. Utillaje mental, que como vimos al principio, era compartido por la mayor parte de los estamentos subalternos de la sociedad

 

Santiago Robledo Páez. Historiador.

 

Notas

1. Sin embargo se dieron excepciones, como se evidencia en la transcripción de una misiva formada por el “Común del Cocuy” en la que se anuncia el advenimiento de un nuevo rey de las Indias: “el poderoso D. Josef Francisco Tupac Amaru”. Ver en: Cuaderno 9 reservado. Cartas De los Llanos.

2. Delumeau, J. (2002), El miedo en occidente, Taurus, Madrid, p. 76.

3. Garzón, Martha A. (2008), Historia y catálogo descriptivo de la imprenta en Colombia 1738-1810, Bogotá, p. 180.

4. Miguel Ignacio Veloqui citado por Garzón, ídem.

5. Biblia Reina Valera (1909), Epístola 1 de Pedro, cap. 2, v. 13-14.

6. Azero, R., (1782), Premios de la obediencia, castigos de la inobediencia: platica doctrinal exhortatoria dicha en la Plaza mayor de esta Ciudad de Santa Fé, Santa Fe de Bogotá, D. Antonio Espinosa de los Monteros.

7. De los poquísimos autores “modernos” que se referencian en la obra se cita a uno cuya obra política alcanzó una difusión importante desde su publicación en el siglo XVII: Azero cita uno de los emblemas planteados por Diego Saavedra Fajardo, autor prolífico del Siglo de oro. Ídem, p. 3.

8. Ídem, p. 14.

9. Ídem, p. 51.

 

Libro ubicado en la Sala Fondo Antiguo, No. clasificación F. Vergara 32