"El Vasallo Instruido"

 

 
"El Vasallo Instruido"

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El vasallo instruido fue escrito en Cartagena de Indias por el capuchino Joaquín de Finestrad. Curiosamente tiene dos fechas de datación, en la portada aparece a lápiz el año 1783 en tanto que en la dedicatoria al virrey Francisco Gil y Lemos figura el de 1787. Consta de doce folios carentes de numeración, que corresponden a la dedicatoria y al prefacio, y quinientos cinco folios numerados originalmente por el autor que contienen el texto. Incluye además un plegable de doble tamaño cuyo contenido es el estado comparativo de la alcabala en la Real Aduana de Santafé, según el arancel observado hasta el 31 de diciembre de 1780 y el implantado desde enero de 1781. En los seis primeros capítulos, de los trece que componen la obra, el autor trata acerca de la constitución del mundo, el descubrimiento de América, el estado natural y moral del Nuevo Reino de Granada y de su decadencia, asimismo como de algunos proyectos económicos para su desarrollo. El tema central de los capítulos séptimo a décimo es la sublevación de 1781, y los tres capítulos restantes versan sobre el  amor, obediencia y fidelidad debida por los vasallos al monarca español.

 

Si bien es cierto que la bibliografía sobre el movimiento insurreccional de 1781 en el Virreinato de la Nueva Granada es bastante amplia y variada, un elemento de obligada consulta para los estudiosos de dicho tema es precisamente el escrito del padre Finestrad. Esto se debe a que fue quien historió, no desde una perspectiva “gubernamental” de un funcionario del rey sino como escritor particular, algunas particularidades de dicho movimiento.

 

Por razones que se desconocen, el manuscrito fue a parar e España y formó parte de la importante biblioteca personal del marqués de Santa Cruz. En el borde izquierdo interno de la tapa superior se encuentra adherida una pequeña tarjeta cuyo texto autógrafo es el siguiente:

 

Comprado en Madrid en 1847, en la venta de las reliquias de la biblioteca del Marqués de Santa Cruz (el que fue Director de la Academia Española en tiempos de Carlos IV) y regalado a mi amigo el Coronel Don Joaquín Acosta, de la Nueva Granada. Madrid 17 de enero de 1849. Domingo del Monte.

 

A su regreso al país, el erudito historiador trajo consigo este valioso documento. A razón de una disposición suya, a su muerte, varios libros de su propiedad debían pasar a engrosar la colección de la Biblioteca Nacional de Colombia. Desde entonces, el manuscrito original de El vasallo instruido entró a formar parte del patrimonio bibliográfico colombiano.

 

Acerca de la persona del padre Finestrad, la información existente no resulta muy abundante. Es probable que fuera oriundo de Cataluña y tal vez, como solía ser costumbre en esa época, debió ingresar muy joven a la orden de los capuchinos. Dentro de esta institución adelantó los estudios reglamentarios y recibió la orden sagrada del presbiterado, fue además lector de teología y examinador sinodal. Contaba el fraile treinta y cinco años de edad cuando sus superiores decidieron enviarlo, junto con otros once sacerdotes y seis hermanos legos, a fundar el Hospicio de la capital del Virreinato de la Nueva Granada, tal como lo señalaba la Real Orden fechada el 7 de abril de 1778. A expensas del real erario, los religiosos se embarcaron en el puerto de La Coruña el 5 de junio de 1778 y llegaron a Cartagena de Indias el 8 de agosto; en dicha ciudad llevaron a cabo una misión y de allí partieron el 13 de septiembre rumbo a Santafé de Bogotá, a donde arribaron el 24 de octubre del mismo año.

 

En 1781 se escuchó el grito de rebelión de las hasta ese momento pacíficas gentes de las comarcas neogranadinas. La población cansada de los excesivos tributos y de los abusos y desmanes de muchos funcionarios de la Corona, decidió protestar de manera enérgica contra tantos atropellos de las autoridades. Para hacerles frente y sacudir tan pesado yugo, los pueblos aunaron fuerzas bajo la consigna: “viva el rey, y muera el mal gobierno”. Este movimiento que si bien es cierto no buscó independizar esta colonia de la metrópoli, si fue un antecedente de la lucha que culminó gloriosamente en la batalla de Boyacá. Este suceso histórico, que comenzó el 16 de marzo en el Socorro y terminó parcialmente con la jura de las capitulaciones el 3 de junio en Zipaquirá, es lo que conocemos como insurrección de los comuneros. Finestrad aparece como uno de los actores relevantes de este proceso, tanto por su actuación en la pacificación de las comarcas como por la escritura de la obra a la que nos estamos refiriendo.

 

En el prefacio de su escrito, afirma entre otras cosas el padre Finestrad:

 

"Nada extraño parecerá que yo ofrezca al público una nueva obra, en la que pueda instruirse perfectamente un vasallo. Mi conocido amor al Rey y a la Patria, y el celo apostólico de la salud eterna de las almas, me compelen a correr la pluma y manifestar escribiendo lo que a la verdad sólo quisiera meditar llorando. […] Y visto en ese borrascoso piélago del Nuevo Reino de Granada zozobrante la autoridad pública y profanado sacrílegamente el fuero del vasallaje, en donde no se daba paso que no se tropezase, y en donde no se tropezaba que no se peligrase, nada me falta sino tomar la pluma para el desengaño.

 

El desorden con que sin reparo del despendio de su salvación, del abandono de la real justicia y de la profanación de la obediencia y fidelidad al Soberano como igualmente a los ministros que en su real nombre gobiernan, me ponen en la dura necesidad de tratar una materia tan odiosa. Hablaré con la imparcialidad más conveniente, no barrenaré la verdad, no la disimularé por redimirme de una adulación lisonjera; y si los hijos de este Reino tienen una constitución gloriosa, no los degradaré de tan digno aplauso; pero si las desmerecen, seguramente no les haré su elogio."

 

A pesar de lo que afirmaba en el prefacio, la carencia de imparcialidad del autor es evidente y se refleja en su constante recurso a epítetos peyorativos al momento de referirse a los sublevados. También es necesario mencionar otros elementos “negativos” del texto; de su lectura y estudio se deduce que el fraile no concedía importancia alguna a las fechas en los documentos históricos y no solía tenerlas en cuenta para precisar los sucesos de que se ocupaba. Relacionadas con esto se presentan tanto la confusión de personajes y lugares, tal como sucede cuando trata de las juntas subversivas de Santafé, como notables e inexplicables omisiones. Estos factores que impiden tomar la obra como rigurosamente histórica, desde una perspectiva contemporánea de la disciplina, sirvieron de origen a posteriores errores de algunos de los interesados en el estudio del movimiento comunero neogranadino.

 

El propósito de Finestrad al escribir esta obra fue fundamentalmente demostrar la doctrina del derecho divino de los reyes, a quienes, según él, “el mismo Dios colocó en el trono”. Insiste en que los funcionarios del monarca, a quienes califica como imágenes vivas de la real persona, a pesar de su condición de súbditos merecen la veneración, respeto y obediencia debidas al soberano, cuya potestad compara con la luz del sol frente a las estrellas. Justifica el derecho de conquista y el dominio y señorío de la Corona española en el Nuevo Mundo, la pureza y legitimidad de los tributos, y encomia la magnanimidad del rey al perdonar las enormes ofensas de los sublevados. Como contraparte a los anteriores planteamientos, insiste incansablemente en señalar como el más atroz crimen el levantamiento de los comuneros frente a las autoridades, especialmente contra el Regente visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres.

 

Su realismo exaltado lo lleva a mezclar artificiosamente y para apoyo de sus ideas, asuntos dogmáticos, teológicos, bíblicos y doctrinales, con planteamientos puramente políticos. Estos se presentan en extensas disertaciones frecuentemente henchidas de rimbombantes términos justificando, alabando y recomendando la absoluta sumisión al gobierno, y de plañideras frases condenando, reprochando y amenazando a quienes osaran pensar o actuar de manera contraria. A favor de la tesis de la obediencia ciega a los reales mandatos invoca, como para que a nadie le fuera posible dudar de ello, el testimonio de cuatro patriarcas, 47 arzobispos, 177 obispos, 574 abades y doctores, un emperador y un papa. Autoridades que ratificaban la doctrina de la ilicitud en todas las condiciones de las conjuraciones de los vasallos contra los monarcas o contra sus legítimos ministros. Finestrad terminantemente sostiene:

 

Al vasallo no le toca examinar la justicia y derechos del Rey, sino venerar y obedecer ciegamente sus reales disposiciones. Su regia potestad no está en opiniones sino en tradiciones, como igualmente la de sus Ministros regios. El espíritu de presunción audaz y partidaria es el que obra en este particular. Al vasallo no le es facultativo pesar ni presentar a examen, aun en caso dudoso, la justicia de los preceptos del Rey. Debe suponer que todas sus órdenes deben ser justas y de la mayor equidad. Le será permitida la humilde representación a fin de que mejor informado el Soberano revoque y modere su real voluntad.

 

Cumplida la jura de capitulaciones en Zipaquirá, los veinte mil comuneros, creyendo en la buena fe los comprometidos en dicho pacto, comenzaron el retorno a sus respectivos lugares. Antonio Caballero y Góngora, arzobispo del reino, regresó a la capital y concibió el plan de valerse de algunos religiosos que lo acompañaran a recorrer las provincias sublevadas, con el fin pacificar a sus moradores y evitar que se presentaran nuevos alzamientos. Dispuso el arzobispo dos grupos de frailes para encargarlos de predicar unas misiones, uno de franciscanos y otro de capuchinos. Estos últimos eran Finestrad, quien presidía, fray Félix de Gayanes, fray Miguel de Villajoyosa y fray Matías de Callosa, a quien curiosamente el autor del Vasallo no menciona. Los franciscanos fueron fray Tomás Polanco y otro religioso cuyo nombre hasta ahora se ignora, Finestrad en su escrito no se tomó el trabajo de mencionarlos. El arzobispo y los frailes pacificadores partieron juntos de Santafé el 25 de julio para El Socorro.

 

Así tenemos al fraile capuchino, jefe de la “santa” misión, recorriendo ciudades y aldeas, proclamando ante aquellas gentes humildes, cristianas y timoratas, la ciega obediencia al rey y a sus ministros, y fulminando sentencias capaces de intimidar indistintamente a toda clase de oyentes. Valiéndose de la palabra de Dios y de las enseñanzas de la Iglesia, los misioneros encabezados por el padre Finestrad aprovechaban las prédicas para buscar además del arrepentimiento de los antiguos rebeldes, insistiendo en el horrendo crimen cometido y amenazándolos con toda clase de castigos, el resarcir las pérdidas causadas a las rentas del monarca.

 

Recogió Finestrad lo siguiente de las jurisdicciones del Socorro y San Gil que estaban a su cargo: 25 fusiles, dos pistolas, una bayoneta, dos sables, tres espadas, un farol de hierro, dos cartucheras, 32 cartuchos, una hachuela, dos escopetas, 141 balas, un trabuco, dos piedras de fusil, además de 2.220 cargas, cinco arrobas y 21,5 libras de tabaco y 2.726 pesos. Todo lo anterior fue colectado en Charalá, Socorro, Simacota, Chima, Puente Real, Girón, Oiba, Ocamonte, Páramo, Valle de San José, Culatas, San Gil, Zapatoca, La Robada, Pinchote y Barichara. Otro fruto de la “santa misión” fue la serie de destierros masivos a las inhóspitas selvas del Carare, so pretexto de llevar a cabo su colonización.

 

Finalizada la misión, el padre Finestrad regresó al Hospicio de Santafé, de ahí en adelante son pocos realmente los datos que se tienen de su persona y su labor. Se sabe que pasó a la costa atlántica y que estuvo de capellán de marina en un fragata del rey, llamada Santa Agueda. Es posible que hubiera ido allá con el arzobispo Caballero y Góngora en el viaje que emprendió poco después de ser nombrado virrey. Posteriormente fue nombrado cura de San Cipriano (cerca de Ayapel), cargo que no quiso aceptar. En 1793, en cumplimiento de una real orden, el virrey Ezpeleta dispuso que Finestrad y otros frailes que se hallaban fuera de sus conventos, regresasen a sus respectivos claustros.

 

 

FINESTRAD, Joaquín de. El vasallo instruido en el estado del Nuevo Reyno de Granada, y en sus respectivas obligaciones. 1789. (Ubicado en la Sala de seguridad, Nº clasificación: RM 198)

 

Bibliografía
Cárdenas Acosta, Pablo E. El movimiento comunal de 1781 en el Nuevo Reino de Granada. Reivindicaciones históricas, t. I, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1960.
Groot, José Manuel. Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada, t. II, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 1953.
Gutiérrez, José Fulgencio. Galán y los comuneros. Estudio histórico-crítico, Bogotá, Caja de Crédito Agrario, Industrial y Minero, 1982.

 

Ovalle Mora, Julio Humberto. “Finestrad, auxiliar de Caballero y Góngora”, en Correo de Los Andes, No. 14, marzo-abril de 1982, pp. 84-87.