Manuscrito de "La vorágine"
Fragmento del manuscrito de La vorágine
 
Manuscrito de "La vorágine"

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Viaje y literatura siempre han ido de la mano. Ir más allá de donde se vive y volver para contar lo vivido ha sido acaso el gran motor de la literatura: desde las aventuras de Gilgamesh hasta La divina comedia de Dante, desde el mítico Orfeo hasta Moby Dick de Melville, el relato de viajes siempre ha sido mucho más que el recuento de lugares y sucesos. Por lo general, implica haber conocido lo mejor y lo peor del mundo, el mismo infierno inclusive, y por ello el lado incógnito del universo y de uno mismo. Cada viaje épico tiene como fin la obtención de un tesoro: el grial, el vellocino de oro, las riquezas sepultas de algún pirata. Otras veces, el viaje es la búsqueda de un secreto revelado sobre el origen de las cosas y sobre el horror. De todo esto trata La vorágine.

 

La primera edición de La vorágine data de 1924 y fue publicada en los talleres gráficos de la Editorial de Cromos en Bogotá. Su autor, José Eustasio Rivera, recién volvía de la selva orinoquense, donde había sido parte de una comisión limítrofe con Venezuela. Su trabajo en la cancillería enmarca la novela misma, que inicia con una carta dirigida al ministro, poniéndole –y poniéndonos– en antecedentes sobre la historia. Se trata del testimonio del poeta Arturo Cova, quien huye a los llanos con su novia Alicia. En la frontera, Cova se encuentra con su lado oscuro. “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”, reza el inicio de su historia. Y ciertamente es así. Alicia es enganchada por el traficante de gente Narciso Barrera para trabajar en las caucheras del Vichada, y la búsqueda febril de ella en las profundidades de la selva es a la vez la caída de Cova en un remolino implacable que todo lo absorbe, en la vorágine. Así el trayecto del poeta y sus acompañantes los lleva a conocer y a temer la selva, pero sobre todo a tenerle terror a quienes la violan de continuo.

 

En el interior de Colombia poco se sabía de la expoliación sistemática de la amazonia y la orinoquia llevada a cabo por las agencias caucheras peruanas, colombianas, venezolanas y brasileñas. La vorágine le enseña al país y al mundo ese frente donde mueren y son esclavizados de por vida miles de indígenas y blancos, donde es posible exclamar: “¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los árboles puede hacerlo contra los hombres!”.

 

A partir de 1924, La vorágine se convierte también en un documento histórico. Algunos daban por hecho que se trataba de una narración verídica. Otros decían conocer a Cova y a Alicia. Ciertamente, conocemos la vida y hasta el retrato de muchos de los personajes que desfilan por sus páginas. La confusión se agravó con la publicación. Las tres primeras ediciones de la novela iban acompañadas de fotografías que buscan darle autenticidad al relato. En una de estas aparece el propio Cova, y muchos contemporáneos vieron en el poeta Cova el rostro de José Eustasio Rivera. Así, se funden autor y personaje, realidad y ficción. Pero a su manera, todo lo que dice La vorágine es cierto. Por eso, cuando estalla el conflicto de Leticia ocho años después de la publicación de la novela, a esta se le invoca como autoridad que demuestra los desmanes peruanos en suelo colombiano. Los soldados que iban hacia el teatro de la guerra la llevaban en sus mochilas como única guía posible hacia lo desconocido.

 

Los méritos de La vorágine son mucho más que históricos. Tal vez como ninguna otra obra de la literatura occidental –incluso más allá de La Eneida de Virgilio o El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad–, la novela de Rivera resume la equívoca y terrible relación de Occidente con la selva y lo salvaje. Todas las facetas de este miedo y de esta incomprensión se urden en la trama de las muchas historias que en La vorágine convergen: el canibalismo y la selva como mujer y vampiresa, como cárcel e infierno verde. Todavía más, decreta que en la pugna entre la naturaleza y la cultura, la primera siempre gana. La selva saca lo peor de todos nosotros en la frontera y luego nos traga. “Ni rastro de ellos”, concluye la novela. “¡Los devoró la selva!”… Como en muy pocas novelas, el magistral fin de La vorágine conlleva a unos genuinos puntos suspensivos. Todos han sucumbido ante “el vórtice de la nada”.

 

La historia de Arturo Cova es también la historia de un manuscrito. Muy cerca del final, Cova nos cuenta su origen: “Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Estévanez, distraigo la ociosidad escribiendo las notas de mi odisea, en el libro de Caja que el Cayeno [un cauchero del lado venezolano] tenía sobre su escritorio como adorno inútil y polvoriento. Peripecias extravagantes, detalles pueriles, páginas truculentas forman la red precaria de mi narración, y la voy exponiendo con pesadumbre, al ver que mi vida no conquistó lo trascendental y en ella todo resulta insignificante y perecedero”. Páginas después, cuando el texto ha pasado de ser recuento del viaje a ser diario, y de ser diario a ser carta, Cova le escribe a su amigo, el anciano Clemente Silva, que ha de ir a encontrarlos: “Don Clemente: Aquí, desplegado en la barbacoa, le dejo este libro, para que en él se entere de nuestra ruta por medio del croquis, imaginado, que dibujé. Cuide mucho esos manuscritos y póngalos en manos del Cónsul. Son la historia nuestra, la desolada historia de los caucheros. ¡Cuánta página en blanco, cuánta cosa que no se dijo!”.

 

Y nos dice José Eustasio Rivera, en la carta que prologa La vorágine, que ese mismo es el manuscrito “arreglado para la publicidad”. Sin embargo, el original de Cova se pierde. Algunos decían que estaba en posesión de la familia de Rivera; otros matizaban que vieron a Rivera escribirlo, aumentando la confusión entre el autor y el narrador que provoca la fotografía de Cova. Otros incluso sostienen que sí hubo un Arturo Cova, que efectivamente fue cauchero, y que de este, y no de otro, Rivera obtuvo su escrito. Lo cierto es que sí aparece alguien con ese nombre en un censo cauchero de 1911 levantado justo en la zona donde ocurre la última parte de la novela.

 

Hoy por fin tenemos parte del manuscrito de La vorágine ante nuestros ojos, depositado después de muchas peripecias en la Biblioteca Nacional. Con este se pueden emprender muchos otros viajes, cuyo final es igual de incierto. El manuscrito deja ver los distintos tiempos en que se fue escribiendo, los ires y venires, y las vacilaciones de su autor, lo que quiso que supiéramos y lo que luego escondió: acaso el título original, que luego tachó en azul con aparente disgusto; una dedicatoria de la cual luego se arrepintió; la identidad inicial y verídica de Narciso Barrera y otros personajes como el enigmático ministro al cual se dirige la carta inicial; la relación pendular entre Cova y Rivera; los viajes del uno y los croquis que levanta el otro… o el mismo.

 

Si algo queda claro en el manuscrito es que dos personas conviven en su escritura: el uno ordenado, el otro poseso. Civilizado y salvaje, como todo en La vorágine. En las últimas páginas del primer libro, uno de los dos ha escrito en dirección vertical: “Este cuaderno viajó conmigo por todos los ríos... y sus páginas fueron escritas en las playas, en las selvas, en los desiertos, en las popas de las canoas, en las piedras que me sirvieron de cabecera, sobre los cajones y los rollos de cables, entre las plagas y los calores”. Mientras tanto el otro ha trazado un demencial remolino sobre lo consignado en la página de la izquierda, como dando a entender que de nuevo la vorágine todo se lo traga. Misterios y misterios por resolver que invitan a la aventura, y que nunca sabremos si nos ayudarán a desentramar la obra de Rivera y la historia de nuestra frontera.

 

Del viaje de Cova y Rivera quedaron dos testimonios: aquel publicado en 1924 y este manuscrito que hoy le complementa y matiza. Queda también una transformación, que es tanto la del manuscrito que deviene en novela como la de quien lee en proceso inverso –todos ahora podemos hacerlo– y cambia su interpretación de la novela y de su autor a partir del manuscrito; la de quien va en busca de su pasado para regresar con su presente y su futuro alterados. Y por supuesto quedan dos ganancias. Con la novela supimos del horror y la violencia. Con el manuscrito, este tesoro recién desenterrado, nos queda la certeza de lo mucho que nos podrá enseñar.

 

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RIVERA, José Eustasio. La vorágine (manuscrito). 1922. (Ubicado en la Sala de Seguridad, pertenece a la Sala Fondo Antiguo en Raros Manuscritos, Nº clasificación: RM 617)