Proyecto TIC

Reminiscencias escogidas de Santafé y Bogotá

José María Cordovez Moure
(7)

La Memoria de los Trastajos

Gustavo Hernández

(7)

La Memoria de los Trastajos

Gustavo Hernández

Reminiscencias escogidas de Santafé y Bogotá

José María Cordovez Moure

LOS COLEGIOS Y LOS ESTUDIANTES

“Al establecerse la Universidad Nacional en 1868, cambió por completo el modo de ser de nuestros estudiantes. Se empezó por vestirlos como a hombres serios, tal vez para comprobar el adagio de que «el hábito no hace al monje». Al principio, salvo algunas incorrecciones, todo marchaba muy bien; pero a medida que las libérrimas instituciones políticas de esa época fueron calando, las cosas pasaron de otro modo, y desde entonces puede decirse que los jóvenes tomaron afición a la política, a hacer malos versos, a perjurar y a renegar de su sangre en las mesas electorales, a fumar cigarrillo, a beber brandy, a frecuentar los garitos y las compañías más que sospechosas”.

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ESPECTÁCULOS PÚBLICOS

“En la actualidad van al teatro únicamente los privilegiados de la fortuna o los que aparentan serlo, sabe Dios cómo; pero las familias no acomodadas y los artesanos no pueden hacer el sacrificio de lo que ganan en varios días de trabajo para procurarse el ameno e instructivo placer de asistir si quiera una vez al mes […] diremos que los empresarios no han tenido en cuenta las ventajas que reportarían, tanto a ellos como a las buenas costumbres, si pusieran una sección de teatro al alcance de la gente laboriosa para fomentar el gusto por esas reuniones y alejarla así de los garitos y tabernas, a que se ha inclinado por falta de distracciones honestas”.

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BENEFICENCIA Y CÁRCELES

“El depósito de las basuras y desperdicios de la casa se hacía en los grandes patios. El agua era escasa e intermitente, y las cloacas salían a las acequias superficiales de la calle”.

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9 de abril, 2091
Francisco,

Es difícil que en el Núcleo se imaginen que alguien vive aquí a más de cien metros de altura. Acostumbrarme no ha sido fácil, aunque la acrofobia ya no consigue inmovilizarme como antes. Subo los andamios todas las noches, antes de la ronda habitual de los patrulleros. Todos sabemos cuando vienen a cazar. Algunos de los nuestros han logrado infiltrarse en su equipo y nos avisan de sus salidas en camada. Vivo en la antena que está sobre la avenida más ancha del Sector Quince, al lado del río. Siempre subo en las noches por las escaleras agujeradas.

La gente siempre está apresurada por conseguir un lugar donde dormir. Agotada también, después de caminar con sus baldes de agua por toda la zona de abastecimiento. Muchos procuran volver antes del anochecer. Una vez las luces amarillas se encienden, las ventanas que dan a la calle se van cerrando una a una. Es difícil coincidir con la habitación de la noche anterior. Las distancias que nuestra gente camina diariamente son largas y los patrulleros no dan mucho tiempo de ser selectivo. Una noche llegué después de la hora amarilla y alcancé la antena sin ser visto. Al subir distinguí a un patrullero interrogando a una mujer que caminaba por la avenida, mientras las luces rojas estaban encendidas. La electrocutaron en segundos, para luego paralizarla con imanes en sus extremidades y subirla a uno de los vagones negros que rondan las calles de la zona; igual que te llevaron a ti.

Hoy cumplimos siete años sin vernos. Me di cuenta que comparto uno de tus miedos. Recuerdo cuando me dijiste que volver a la ciudad siempre te causaba una angustia abominable. Te asustaba pensar en no volver a salir de ella. Desde mi ventana todo se parece más a una rendija interminable, una grieta que perfora la vista hasta más allá del horizonte.

El basurero de trastajos tiene tesoros que nadie imagina. Para llegar allí tardo tres días, aunque podría hacerlo en menos de no ser por las luces rojas. Mi habitación en la antena, si es que algo así existe hoy en día, luce ahora como un hogar. El mes pasado recolecté unos antiguos equipos de edición y logré traerlos sin que nadie se diera cuenta. He conseguido ir haciendo, poco a poco, los videos con los que intervendré las pantallas de toda la región. Según rumoraban las abuelas que se ayudaban a cargar los baldes de agua, el Ministerio de Entretenimiento planea crear una nueva programación para las antenas. Piensan producir una serie sobre patrulleros heroicos, quienes salvan a la comunidad con la captura de temibles delincuentes del Sector Quince. Cuando veo las cintas que recojo, me pregunto acerca de lo que podría significar el pasado para todos los que viven en el Núcleo. Los videos que se proyectan allí siempre responden a una curaduría “lo más conmovedora posible”, como estipula el Ministerio. Siempre son personas famélicas comiendo rezagos de alimentos, accidentes repentinos, episodios eróticos y alguna escena interrumpida de depredación animal. Después de pensar en eso, me acuerdo por qué los videos que recojo del basurero son obsoletos para nuestra sociedad. Seguramente, su desinterés se debe a que ahora es difícil encontrar con quién compartir intimidades. Es mejor desechar los recuerdos.

En los muros de la ciudad, en las papeletas digitales, en las proyecciones nocturnas sobre las nubes y en cada esquina hay algo qué saber, algo con qué soñar. Todos los habitantes de esta masa eterna transitan entre océanos infinitos e inabarcables de imágenes y ciudad. Así son de extensos los basureros de trastajos de donde saco los videos que te envío. Lagunas oscuras, abarrotadas de desperdicios tecnológicos. De vez en cuando, una pantalla se enciende en la oscuridad, mientras las siluetas de algunos recolectores se prenden como relámpagos violentos. Me percato despavoridamente de que yo he de verme como una de esas siluetas lúgubres, centelleantes en la penumbra de esos muladares. Todos aquí tenemos el mismo olor alcalino. Con la excusa de ser contaminantes, el Núcleo restringe nuestro ingreso. Nos dicen “los tóxicos”.

Los grandes pabellones de los antiguos edificios del Núcleo no son lo que solían. Ahora no son más que albergues de múltiples colecciones, fetiches que fueron alimentándose vorazmente. Tanto allá como acá, en el Sector Quince, somos una sociedad incapaz de reconocer el pasado. Probablemente lucimos como un enjambre de insectos que se embelesan con la luz que emiten las pantallas que el Ministerio dispuso en el firmamento de cada ventana, y a pesar de que en el Núcleo todos tienen la comodidad de vivir siempre en el mismo lugar, tampoco ellos parecen estar libres de este malestar. Me pregunto si los centros de reclusión son tan repulsivos como dicen. Según me cuenta Santiago Márquez, un antiguo preso que transita hoy por acá, los valles a los que fue enviado como castigo eran verdes y extensos, no muy lejos de la ciudad. Me dijo algo acerca de los ranchos deteriorados que habitan. Sé bien que obligarlos a producir las cosechas de la región es una humillación, pero, de alguna manera, los hemos hecho libres al olvidarlos.

Cuando hago planes sobre el video con el que intervendré las antenas de la región, pienso en ti. Santiago también está conmigo en esto. Si me llegan a buscar, te encontraré en los cultivos para ser otro anónimo más a tu lado. Toda esta situación es tan irónica que yo, libre para los ojos de muchos, me siento en cautiverio. Al pensar en esas imágenes me pregunto por el momento en que dejan de ser testimonios de recuerdos, almacenados en la habitación trasera de cualquier casa del Núcleo, o como les dicen ellos, el cuarto de trastajos, para convertirse en una pila de basura, lanzada a pudrirse en los valles que están detrás de las montañas del Sector Ocho, Once y Quince.

A lo mejor así somos los que vivimos aquí, lejos del centro, pero aún en la ciudad; solo un montón de trastajos condenados a vivir sin ninguna alteración, a soportar ser los cualquiera que se escabullen como sombras entre los atardeceres, cuando las luces verdes se vuelven amarillas. Te vuelvo a escribir en papel, así nos evitamos muchos filtros. Ya que los primeros tres minutos del video son palabras, ganaré algún tiempo mientras los guardas del sector descubren la intervención. Tampoco ellos saben leer.

Enviarte una carta me cuesta dos baldes de agua. Menos costoso de lo que podrías imaginar. No te preocupes por mí. No he tenido sed desde que vivo en la antena. Por lo pronto, te envío uno de los videos que encontré. Seguro te traerá tantos recuerdos como a mí.

Tu hermano Lucas.