La ciudad sumergida

No quise ver el mar porque sabía
que el corazón más honda inmensidad
y olvidada del hombre me ofrecía.

Y a la sola colina de mi edad
subí a mirar mi corazón, batiendo
siempre contra su propia soledad.

Límite de su límite, fui viendo
nacer un nuevo instante, del instante
que fue de su alta cúspide cayendo.

Y descubrí su vórtice quemante
como una flor de sangre estremecida,
en su terrible viento circulante.

Hoy tengo el corazón ante la vida
de nuevo azul, y ya las escolleras
no rompen esta calma conseguida.

Para qué el mar, si dejo mis riberas
de piel, yo joven mar dulcisonante,
en busca de mis aguas verdaderas?

Rebaños de cristal están delante
de mí, mostrando el claro ondulamiento
de sus lomos de espuma y de diamante.

«Exacto el mediodía», da su aliento
puro, sobre mi espejo rumoroso
y aclara la dulzura del momento.

La brisa niña, tiéndese al reposo
y el breve seno apenas en el lino
de las velas se marca temeroso.

En la distancia azul también el fino
perfil del horizonte se nivela
al par que el elemento cristalino.

Esta vaga quietud que me consuela
me interna en mí y todo lo que escondo
en mi légamo blando se revela.

El agua transparente ante el redondo
dominio vertical del sol, reluce
para aclarar las aguas de mi fondo.


Y cruzo un lento clima que me induce
a su muda quietud espesa y verde
y a submarinas playas me conduce.

Mi antiguo mar dentro de mí se pierde
y desciendo de un mar a otro más bajo
porque nada ya visto se recuerde.

Avanzo en mis dominios, por debajo
de pálidas estrellas, anteriores
al cielo que del sueño las extrajo.

Y me invaden la boca los sabores
de ávidas esponjas que han crecido
flotando entre mis aguas interiores.

Yo cruzo un mar y un bosque derretido
en terrenos del alma, lo soñado
me oculta claramente lo vivido.

Me muevo y un temblor anticipado
estremece las flores levemente
sin haberlas la mano aprisionado.

Y una alta claridad fosforescente
me destaca la mole sumergida
de una ciudad mecida en mi corriente.

En sillares de espuma, sostenida,
su leve arquitectura volandera,
se alza como llama estremecida.

Un soplo azul como una enredadera
de agua, la sacude y la desata
como una alborotada cabellera.

Hecha bosque de viento, se arrebata
de rumbos su violenta arquitectura
y trémula en las ondas se recata.

Se arremolina y vuélvese más pura
su lograda materia, remolino
parece de palomas y blancura.

O vuelta fácil rombo y alto pino
de humo, la absoluta estalagmita
tiene la suelta ondulación del lino.

Mi propio corazón me precipita
a su interior de cálida vertiente
y a su espacio de sueño me limita.

Lentos ahogados cruzan la corriente
curvando ante los ojos desvelados
la vela desplegada de la frente.

Y tantos resplandores desatados
las medusas agitan que parecen
gallardetes de barcos incendiados.

Me ciega un ancho mar donde florecen
amapolas de bocas conocidas
que de nuevo sus cálices ofrecen.

Y muslos de esquiveces ya vencidas
alzan sus blancos lirios derrotados
de las húmedas túnicas ceñidas.

Tiempos de amor y olvidos ignorados
con nombres de mujeres y con fechas
se oxidan en relojes clausurados.

Todo el dolor y lágrimas deshechas
entre su sal, de nuevo me reclaman
y me cruzan la sangre con sus flechas.

Y siento entre mi fondo cómo claman
los muertos de mi amor aunque el sentido
ya no sabe las voces que le llaman.

Algo crece en el último latido
de mi intentada eternidad, y siento
el cielo a mi materia confundido.

Y comprendo con un conocimiento
luminoso, sin mancha de experiencia,
todo lo que ignoraba el pensamiento.

Esta madura fibra de mi esencia,
madurada antes fue por otras vidas
que ahora me regalan su presencia.

Mis lejanas raíces, consumidas
por divino temblor, me dan la clave
de mis ramas al canto sacudidas.

Y llega hasta mis frutos como un ave
de sensación, el jugo de la tierra,
a darme redondez y aroma suave.

En mi honda ciudad se desentierra
hoy un amor que germinó escondido
donde el alma a la sangre más se aferra.

Camino del ancestro me ha traído,
de mi propio submar a tus umbrales,
la sangre que me tiene florecido.

Y confundo a la miel de tus panales,
las abejas que el sueño concebía,
en la estancada luz de sus vitrales.


* * *


Ciudad, entre mi pulso te sentía,
sumergida también, entre mis venas,
volando tus campanas de alegría.


Alzada en corazón, presagio apenas,
escudo y soledad te levantaban
la piedra secular de las almenas.

Igual que a mi ciudad, te circundaban
lianas de amor, los ojos, desvelados
y abiertos a los siglos que pasaban.

Hoy entre amor y amores naufragados,
que guarda el corazón, a ti he venido,
para dormir mi mar a tus costados.

Y tu sabor de pan, tan conocido
de la mies, me darás, y tus colmenas
llegarán rumorosas a mi oído.

Ciudad que entre mi sueño de azucenas,
ciudad que entre mi sangre transitoria
estás creciendo y mis espacios llenas
con la sangre que viene de tu gloria.