El 15 de enero de 2025, la Biblioteca Nacional de Colombia llevó a cabo la presentación del Fondo Guillermo Angulo. Esta nueva colección consta de 50.281 fotografías entre negativos, diapositivas y fotografías en digital. A continuación, compartimos el discurso del fotógrafo y escritor:
Señor Juan David Correa, ministro de las Culturas, las Artes y los Saberes y señora Tatiana Andrade; señora Adriana Martínez-Villalba, directora de la Biblioteca Nacional de Colombia, digna colega del famoso ciego a quien el Creador le dio —según su conocido reproche— «los libros y la noche» y fue en su tiempo guardián de la Biblioteca Nacional Argentina.
A todos los presentes, muy buenas tardes.
La copla antioqueña, que voy a cantar, dice:
Por ser la primera vez
que yo en esta casa canto:
gloria al Padre,
gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El indudable Padre de la fotografía fue Joseph-Nicéphore Niépce, quien, en 1824, tras varios días de exposición y en un tiempo soleado, cuya fecha exacta la historia no registró, logró una bellísima fotografía, que hoy se ve como arte abstracto, y cuyas copias debieron ser fragantísimas ya que usó —a manera de fijador— aceite de lavanda.
Ser el Hijo le corresponde a Louis-Jacques-Mandé Daguerre, quien en 1838 inventó el daguerrotipo, logrando reducir el tiempo de exposición de varios días a solo 30 minutos, inventando de paso el revelado.
Ser el Espíritu Santo le tocó a Gaspard-Félix Tournachon, más conocido como Nadar, precursor del retrato moderno, usando siempre luz existente, aunque fue el primero en usar iluminación artificial para fotografiar las Catacumbas de París. Fue decidido enemigo de retocar y colorear a mano sus originales de fotografías en blanco y negro. Sin saberlo, fue precursor de los omnipresentes drones cuando en 1858 alquiló un globo aerostático, se subió en él elegantemente vestido, llevando inclusive sombrero de copa, y con una cámara tomó desde el aire la primera foto de París «a vuelo de pájaro», con lo que quedó emparentado con el Espíritu Santo.
Como dato curioso, Nadar retrató a varias personalidades, como Liszt, Baudelaire, Eiffel (el de la torre) y hasta a un presidente colombiano, José Hilario López, tenido como fundador del Partido Liberal.
La Santísima Trinidad, como su nombre lo indica, no permite un nombre más, pero quedó faltando uno imprescindible, padre de la fotografía arquitectónica y documental, de nombre Jean-Eugène-Auguste Atget, más conocido como Atget, así que, por favor, córranse pa’ allá.
En los rugientes años veinte los fotógrafos Berenice Abbott y Man Ray —que vivía en París en la misma calle que Atget— lo redescubrieron e hicieron que sus amigos les compraran fotografías. Abbott escribió sobre él e hizo que el naciente Museo de Arte Moderno de Nueva York adquiriera una parte importante de su colección.
Aunque estoy muy lejos de pertenecer a esta Santísima Trinidad de cuatro, soy su lejano descendiente. Lo que me permite hablar de mí, empezando por un «paseo ecológico» al que fui invitado por las Farc.
En la primera noche de mi secuestro y, «por si me desvelaba», una hermosa guerrillera me prestó un librito que me permitió tener un único e inolvidable encuentro con la literatura. El autor era un jesuita, Luis Coloma Roldán, popularmente conocido como Padre Coloma, muy leído por muchas personas antes que yo, a juzgar por lo manoseado de sus hojas, las orejas de perro, subrayados y bordes desgarrados.
Llamó mi atención la historia de un caminante desprevenido que cae en la noche en un pozo séptico abierto y empieza a gritar desaforadamente: ¡Auxilio!, ¡fuego!, ¡fuego!, ¡fuego! Acuden inmediatamente como veinte personas, con linternas, lazos, baldes y mangueras, lo sacan del pozo y mientras lo están bañando a manguerazos le preguntan: «¿Y usted por qué gritaba ¿¡fuego!?» como un desaforado. A lo que el maloliente interlocutor responde: «¿Ustedes creen que si hubiera gritado: ¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda! hubiera acudido alguien?».
(La mala palabra es del jesuita, no mía y lo digo por si mi mamá me llega a leer).
Eso me hizo sumergir en el recuerdo hasta llegar a mis comienzos como fotógrafo de prensa en la Ciudad de México. Yo había llegado en 1950 con el único fin de quedarme un par de meses y ver la pintura mural posrevolucionaria, que me interesaba mucho. Acabé viviendo en ese extraordinario país cinco años y siendo amigo de Diego Rivera y conocido de David Alfaro Siqueiros. Pero, en cuanto llegué, los mexicanos habían perdido el interés por el muralismo y más bien las miradas estaban dirigidas a las generosas y ondeantes nalgas de «Tongolele».
Y, como no podía dormir, me puse a recordar mi juventud en México, la época más feliz de mi vida. Y volví a vivir, como si fuera en ese instante, esa noche en Ciudad de México mientras caminaba por la Alameda Central (el reloj marcaba la una de la mañana), vi una edificación generosamente iluminada. Me extrañó el luminoso espectáculo a tan entrada la noche, me acerqué y vi que era la Librería de Cristal, que estaba abierta las 24 horas.
Más tarde, cuando me puse a estudiar sus orígenes, me enteré de que había sido el dictador don Porfirio Díaz (el don nunca se lo rebajan), quien había ordenado la construcción de un edificio que reemplazara el Teatro Nacional recién derruido. Finalmente, la Revolución interrumpió el proyecto, que se vino a terminar a principios de los años cuarenta.
A propósito, don Porfirio dejó una frase sobre los Estados Unidos que es un compendio de los males que a México le trajo la cercanía con ese país, que acabó con la triste pérdida (robo sería la palabra más justa) de la mitad de su territorio. La frase estrella del dictador, que resume sus temores ante el «Coloso del Norte» y su confianza en la religión católica es ésta: «¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».
Volviendo a la Librería de Cristal, no solo a mí me causaba asombro: en 1946 The New York Times había escrito un artículo sobre ella, llamándola «la librería más extraordinaria del mundo». Yo estaba obsesionado por encontrar un libro que citaban a menudo Mariano Picón Salas y Rómulo Gallegos: Sacha Yegulev, historia de un asesino, de Leonid Andréyed, que no había encontrado ni en Venezuela ni en Colombia.
Sin ser aún fotógrafo llevaba siempre conmigo una cámara Rolleiflex que había comprado en Venezuela antes de partir para México y, mientras buscaba el libro, se me acercó un tipo corpulento, simpático, con una enorme cámara Graflex bajo el brazo. Las cámaras nos acercaron y me preguntó si era fotógrafo. Le dije no serlo, pero que me gustaría aprender y acabó ofreciéndome puesto como su asistente. Se llamaba Héctor García, era muy conocido en México y años después Carlos Monsiváis lo bautizó «el fotógrafo de la ciudad».
Yo creí haber encontrado la llave para aprender fotografía, pero pronto me di cuenta de que ser asistente de fotógrafo era cargar y conectar cables, llevar al hombro pesados trípodes (tripiés, en mexicano) y unas enormes luces que al menor descuido quemaban las manos. Y hacer mandados: ir por café, comprar revistas, especialmente una, Seventeen, para María, la joven novia de Héctor; llevar las fotos a los clientes y luego tratar de que pagaran las facturas.
Uno de los clientes era el director de la revista Impacto, don Regino Hernández Llergo (quien no contestaba al teléfono «bueno», como todos los mexicanos, sino «Llergo»). Había importado de los Estados Unidos el periodismo gráfico, aprendido mientras estaba en el exilio por causa del general Calle. Don Regino me preguntó en una ocasión si yo era fotógrafo y yo, sin dudarlo, le dije que sí, recordando el cuento antioqueño de don Jesús del Corral, donde dos desertores de la «Guerra de los Mil Días» llegan con hambre, sin trabajo y sin oficio, a la orilla de un río, que solo se podía cruzar en una tarabita (una especie de cajón que se desplaza colgado de un cable), que manejaba desde el otro lado un capataz, quien estaba buscando un maestro aserrador. Les pregunta si saben aserrar y el que no era antioqueño se apresura a decir que no. El paisa dijo que sí, que ese es su fuerte, aunque en su vida ni siquiera había cogido una segueta de carpintería. Para el capataz la escogencia fue fácil y gritó: «¡Que pase el aserrador!».
Pues, al igual que este osado paisa (que acabó aprendiendo a aserrar), le dije que sí a don Regino y aprendí fotografía en su revista Impacto, recordando lo que había visto hacer a Héctor García y yendo en las tardes a la biblioteca del Centro México-Americano a estudiar fotografía, leyendo textos en inglés —idioma que desconocía— y que fui malaprendiendo a punta de diccionario.
Don Regino me mandó a hacer fotos de unas inundaciones anuales que había en México en época de lluvias y me dijo: «A ver si tú, que eres extranjero, las ves distintas a los mexicanos, que están cansados de las inundaciones y me traen siempre las mismas fotos».
Las fotos que hice le gustaron a don Regino: una niña que iba a la escuela, con el agua hasta las rodillas, arrastrando en el agua su muñeca de trapo; unos enamorados que se besaban sin importar la altura del agua que medio los cubría y, mientras buscaba un ángulo para una toma más, caí en un pozo de aguas negras, con todo y cámara.
Al día siguiente los compañeros, fotógrafos y redactores, me dijeron que iban a celebrar mi entrada a la revista. Yo me sentí muy orgulloso del supuesto homenaje, hasta que oí el discurso del jefe de redacción, un español de nombre Vicente Fe Álvarez: «Celebramos tu reportaje, pero no por las fotos —que aún no vemos— sino por tu bautismo, que en los fotógrafos de guerra suele ser de sangre, y en el tuyo fue un bautismo de mierda». Y todos se rieron de mí... y yo con ellos. Mi bautizo mimaba el relato del padre Coloma.
Pero, pasemos a hablar de cosas serias y misteriosas, como es la fotografía y empecemos por el misterio. Cuando tomamos una fotografía, análoga o digital, creamos algo que se llama imagen latente y tiene la curiosidad de que —antes de ser revelada— la imagen existe sin existir. Es como dicen de nosotros los antioqueños: «Son como Dios; están en todas partes, pero nadie los puede ver». La imagen latente está ahí, sin que la podamos ver, hasta que la revelemos, y en la foto digital —donde no hay revelado, aunque se usa el término heredado de la fotografía análoga— podemos ver la imagen latente solo cuando los ceros y los unos, aunados en un programa especializado como Photoshop, deciden dejarnos ver la imagen milagrosa que, automáticamente, deja de ser latente.
Es gracias a esa materialización de la imagen que la fotografía existe y existe solamente para servir de testigo, para dar fe de lo que pasó, en el instante en el que el fotógrafo lo vio y quiso eternizarlo.
Yo tengo un viejo y amigable pleito con el mejor fotógrafo documentalista de México, Rodrigo Moya, nacido en Medellín, de donde a los dos años sus padres lo llevaron a vivir a México. Él suele decir —y escribir— que yo soy su maestro y yo le digo que no. Estoy orgulloso de oírselo decir y me pavonearía de serlo, pero mi respuesta es: «No soy su maestro, porque la fotografía es una manera de ver el mundo y eso no se puede enseñar».
Puedo decir que mis maestros (los que, sin siquiera conocerlos, me enseñaron la manera como ellos veían su mundo) fueron principalmente dos, completamente opuestos: Edward Weston, el poeta que convertía en arte lo cotidiano. Podía hacer bellas fotografías del corte de unas hojas de col o de unos contorsionados pimentones. En México, donde fue amigo de los muralistas de la postrevolución, fotografió un inodoro, que hizo exclamar a Diego Rivera que «le parecía la fotografía más bella nunca vista».
Y el maestro de maestros, Henri Cartier-Bresson, que unió a su manera de poética de ver el mundo el haber podido estar presente en eventos cruciales, como la Revolución China, la destrucción que dejó la Guerra Civil Española, la muerte de Nerú y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
La individualidad del verdadero fotógrafo, aquella forma de ver de manera particular —personal— la vida, se puede demostrar con la ubicuidad de las cámaras de los ubicuos celulares —llamados inteligentes, aunque no piensen—, pero que prácticamente resuelven solos los problemas técnicos, sin que, a pesar de la cantidad y la facilidad, haya habido un aumento exponencial de verdaderos y buenos fotógrafos.
Pero habría que decir que la fotografías —buenas o malas— han servido siempre como memoria de la historia. Empezando por Atget, que documentó minuciosamente la arquitectura del París de su tiempo, hasta recordar entre nosotros las fotos de Bogotá del siglo pasado que nos dejaron Manuel H. o Sady González, quien, con valor y oportunidad, registró de manera maestra el infame Bogotazo del 9 de abril. Y, ya contemporáneamente, hay que citar al excelente arquitecto-fotógrafo Germán Téllez.
En Medellín, don Jorge Obando, y posteriormente Gabriel Carvajal, registraban la arquitectura y el nacimiento y desarrollo de la industria antiqueña.
Alberto Aguirre, escritor y librero, se dedicaba calladamente a descubrir a Antioquia «puebleando» (ese bello verbo inventado, que significa «ir de paseo por los pueblos») dejando un mural prácticamente inédito sobre «Antioquia, la grande».
Al hablar de Antioquia es obligatorio mencionar a Jorge Mario Múnera, grande entre los grandes, excelente fotógrafo de flores —el mejor— como lo testimonia una serie de libros impresos patrocinados por las Sociedad Colombiana de Orquideología y otro, que es resumen de los anteriores libros, hecho público en forma digital en las páginas de esta Biblioteca Nacional. Tiene también una hermosa serie sobre las festividades tradicionales de las distintas regiones del país. Como si esto fuera poco, es autor de 219 retratos —todos excelentes— de escritores colombianos. Y, en un homenaje más a una región que conoce y ama, publicó un bellísimo libro, con fotos y palabras suyas (porque es un gran escritor), titulado La arena y los sueños. Resumiendo: mientras Aguirre hacía un mural de Antioquia, el de Múnera abarca toda Colombia.
De Abdu Eljaiek, quien se proclama defensor de los retratos sin luz artificial, recuerdo dos fotos suyas: un autorretrato, en el que se ven al menos tres luces artificiales encendidas y un excelente retrato del maestro León de Greiff, en el que el poeta se pasea sobre los excesos de su biblioteca, dispersos en perfecto desorden en el piso, esta sí, con luz existente.
Habría que hablar, también de Carlos Caicedo, un fotógrafo de prensa que supo darle un trato especial al diario ajetreo de la foto periodística, colocándose muy por encima de sus colegas.
Oigo un murmullo no expresado: «Se le olvidó Leo Matiz». No es un olvido: como he hablado de los fotógrafos que me interesan, escogidos arbitrariamente, entre los que no amo está en primera línea Matiz, para mí fotógrafo de una sola foto, la de un pescador con su atarraya en el aire. Su fama permanece, aunque en visible opacamiento, por ser nativo del pueblo de las cinco aes que hizo famoso Gabriel García Márquez: Aracataca.
Me falta Hernán Díaz, ya desaparecido, pero que permanece en sus fotos llenas de amor a Cartagena y a las cartageneras que mitigaban la sed con avena helada o los músicos que tocaban clarinete en la playa. Gran retratista de las más importantes personalidades de su época y de las mujeres más bellas entre las bellas.
Federico Ríos, llamado el retratista de «la vida cotidiana de las Farc», merecedor de un reportaje en el New York Times, es uno de los dos fotógrafos —entre muchos otros— que ha seguido y fotografiado el conflicto.
El otro es Jesús Abad Colorado. Una emotiva foto suya de una niña mirando la vida a través del hueco dejado por una bala en un vidrio astillado es conmovedora a la vez que presagia un posible futuro tan endeble como ese cristal.
Pero toda esta verborrea queda sobrando porque de lo que se trata es de celebrar que el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, en cabeza de don Juan David Correa, y la Biblioteca Nacional de Colombia, que dirige doña Adriana Martínez-Villalba, estén continuando esta indispensable labor de conservar materiales fotográficos, que serán fuente indispensable para, en visión retrospectiva, conocer y comprender mejor el país.
Lo generoso de esta acción es que solo en el futuro —o nunca— les vayan a agradecer, como se merecen, a los aupadores de esta iniciativa, ya que es una inversión meramente cultural, que no produce réditos políticos. Si mucho, agradecimientos posteriores que pueden tardar años o siglos.
Si la fotografía, como lo denuncia su etimología, quiere decir pintar con luz, los fotógrafos acabamos siendo, simplemente, notarios de esa huella de luz. Pero tenemos que estar presentes, viendo lo que ella ilumina y registrándolo, con apenas apretar un botón.
Muchas gracias.
Reviva aquí la presentación del Fondo Guillermo Angulo de la Biblioteca Nacional de Colombia: